Durante muchos años fui acompañante en numerosos espectáculos. Participamos en eventos importantes junto a artistas internacionales como Enrique y Ana, Chespirito, Los Chamos, Menudo y Parchís, e incluso actuamos en la Universidad de El Salvador.
Mi padre, don Arístides, tenía una hermosa locura: cada diciembre viajaba a los lugares más alejados para ofrecer espectáculos gratuitos a niños que nunca habían visto un payaso o una piñata.
Su mayor locura ocurrió una tarde, alrededor de las 5 p.m., cuando llegó a casa con 36 niños que había recogido en distintos lugares de la calle. Muchos ni siquiera se conocían entre ellos.
No sabíamos mucho de ellos; algunos olían a pegamento o gasolina, otros estaban en actividades delictivas, y varios provenían del bulevar de Los Héroes.
Mi papá decidió llevarlos a casa, convocó a la familia y dijo: “Estos niños son de la calle y merecen una oportunidad. Dormirán aquí, sin importar dónde ni cómo. Nadie cree en ellos; los ven como bichos raros”.
Mis hermanas protestaron preocupadas por la casa, pero él les respondió: “Ustedes quédense en sus habitaciones. Algunos se quedarán con Rolando en un cuarto, otros se acomodarán donde quieran. Yo dormiré aquí. No hay que preocuparse por las cosas; si las cosas y ellos están aquí mañana, significa que solo necesitaban una oportunidad. Si no, es porque no quieren cambiar”.
A la mañana siguiente, los 36 niños seguían allí, algunos barriendo el patio, otros limpiando hojas.
Gracias a su esfuerzo con ese personaje, mi padre logró fondos para fundar la Carpa Hogar, Circo de los Niños, proyecto que apoyó a 32 niños, quienes ahora son adultos con sus propias familias, muchos viviendo en el extranjero.
Allí recibieron atención médica, psicológica, alimentación, educación, y aprendieron artes circenses junto con oficios como albañilería, electricidad, carpintería y mecánica automotriz.
Lamentablemente, el gobierno de ese tiempo no apoyó el proyecto, un tornado destruyó el circo y prohibieron a mi papá seguir recogiendo niños de la calle.
Recuerdo la última foto que tomamos en el estadio Flor Blanca, ahora El Mágico. Con esa imagen y el show nos despedimos como Trapito y Chirajito. Ya planeaba emigrar. Aunque terminé mis estudios universitarios, no pude graduarme debido a mi salida abrupta del país.
Siempre conté con el apoyo moral de mi padre, sus consejos y regaños por teléfono. De adulto, me exigía estudiar. Logré seis certificados técnicos, tres diplomas universitarios y un posgrado. Sigo vinculado a las letras y actualmente estudio enfermería psiquiátrica.
Él siempre me decía: “No olvides ayudar a los necesitados”. Desde Adelaide realizábamos actividades, él con la logística y contactos, yo con apoyo desde El Salvador, para financiar proyectos.
Visitábamos el Hospital Bloom, asilos, y ayudábamos a niños en el parque San José, ofreciéndoles comida y ropa para que abandonaran las sustancias que usaban.
Su frase era: “¿Por qué no brindar una mano amiga a los niños de la calle? También son ciudadanos y merecen una oportunidad”.
Me hablaba de un libro que escribía, “Mi hijo y yo”, con dos fotos nuestras para la portada, una cuando tenía 10 años y otra a los 24. Estaba casi listo para imprimir, pero antes de morir confió el manuscrito a alguien que no desea hablar del tema. Yo mantengo los derechos sobre esa obra como Chirajito.
La última vez que hablé con él fue el 27 de diciembre de 2009, en Adelaide. Ese día, mi hijo mayor Kevin también habló con él.
Mi padre me preguntó sobre las tres cosas que me pidió para dejarme ser payaso: “¿Sigues estudiando? ¿Cuidas y hablas con la familia? ¿Has ayudado a los necesitados?”.
Con voz quebrada me dijo: “Te escribí una carta donde te dejo todos los derechos de Chirajito. Una señora te la entregará. Mientras viva, cuidaré de Chirajito. Cuando me vaya, quiero que tú lo cuides. Mi último deseo es que actuemos juntos”. Sentí que era una despedida.
El 18 de enero de 2010 soñé que actuábamos juntos de nuevo en el Gimnasio Nacional, con un público mayormente infantil que nos aplaudía. Él me dijo: “¡Lo logramos, sobrino!”. Al despertar, vi noticias sobre su ingreso al hospital y, sin avisar a nadie, viajé a El Salvador.
Llegué y, junto a tres hermanas, fuimos a sorprenderlo. A las 13:10 horas, un médico salió preguntando por familiares. Me presenté y me dijo: “Tu papá habló mucho de ti, el payaso de Australia”. Luego me tocó el hombro y me informó: “Lo perdiste por cinco minutos, ha fallecido”.
Entramos a verlo; tomé su mano derecha, besé su frente y le prometí que el legado de Chirajito continuará: “Ahora, viejo, yo cuidaré de él. Es la palabra de tu sobrino, tu Trapito”.
Mi padre siempre me guió, enseñándome responsabilidad, cuidado familiar, a ser un hombre de bien, y a dar alegría pese a las adversidades. Siempre estuvo presente para mí y mis hijos.
Sus nombres, Arístides Alfaro Samper y Chirajito, representan para mí la combinación perfecta de razón y sentimiento, exigencia y cariño, como cuando tras un regaño dice: “Te reprendo porque te quiero”.
Siempre supo decir no para protegerme y sí cuando era justo. Gracias por cada sonrisa, consejo y regaño.
No te extraño porque estás vivo en cada acto que hago por tu legado.
Gracias por ser mi padre, amigo, maestro, hermano y todo. Buscaré la forma de erigir un monumento a Chirajito en el Parque Infantil, donde en tu infancia te refugiabas de la lluvia bajo los árboles y figuras antiguas del antiguo Campo Marte.
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