China: el valor de una civilización milenaria

A lo largo de las últimas décadas, hemos presenciado el resurgimiento de una civilización con cinco milenios de historia, que pasó de un periodo marcado por la opresión colonial (desde mediados del siglo XIX hasta el final de la Segunda Guerra Mundial), cuando fue saqueada por potencias europeas y Japón, a convertirse en la segunda economía más grande del mundo. Este impresionante cambio fue posible gracias a tres eventos clave: la victoria de la Revolución China en 1949 bajo el liderazgo de Mao Zedong; el inicio del programa de Reforma y Apertura encabezado por Deng Xiaoping en 1978, que introdujo el modelo del “socialismo con características chinas” para transformar la economía centralmente planificada en una economía socialista de mercado; y finalmente, la llegada al poder de Xi Jinping en 2012, quien ha impulsado reformas más profundas, el desarrollo científico, la modernización del Ejército Popular de Liberación y avances significativos en tecnología e inteligencia artificial.

Estas transformaciones dentro del modelo socialista tienen antecedentes. En 1922, Lenin puso en marcha la Nueva Política Económica (NEP), que reemplazó al comunismo de guerra y permitió la reintroducción del mercado, múltiples formas de propiedad, atracción de inversión extranjera y una reforma monetaria que estabilizó el rublo. Sin embargo, tras su muerte en 1924, Stalin anuló esta política, implementando la colectivización forzosa, la persecución de empresarios y terratenientes, y un modelo de industrialización bajo el autoritarismo del centralismo democrático, lo que dio origen al llamado “socialismo real”.

Otro intento de reforma socialista fue la glasnost y perestroika impulsadas por Mijaíl Gorbachov en los años 80. No obstante, estas fracasaron —según algunos análisis— por falta de firmeza ante las tensiones internas derivadas del nacionalismo y las protestas populares. A diferencia de eso, Deng Xiaoping no dudó en actuar con determinación ante la crisis de Tiananmen en 1989 para mantener el rumbo de las reformas.

Desde el inicio de las reformas en 1978, China ha logrado sacar a más de 800 millones de personas de la pobreza, gracias a un crecimiento económico sostenido y mejoras sustanciales en salud, educación y servicios básicos.

Aunque algunos critican a China por querer reemplazar a Estados Unidos como potencia global, Pekín afirma que su objetivo no es ejercer hegemonía, sino lograr su desarrollo integral. China, que alguna vez fue una nación extremadamente atrasada, ha dado un salto industrial y científico que la convirtió en “la fábrica del mundo”. A diferencia de modelos coloniales, China propone una cooperación basada en beneficios mutuos, evitando prácticas de saqueo o imposición política.

El país asiático nunca fue una potencia colonizadora y no busca dominar a otros. Su ambicioso proyecto global, la Ruta de la Seda, promueve un futuro compartido entre naciones, sin guerras ni sometimientos, fundamentado en el respeto, el desarrollo conjunto y el comercio justo.

Ante la guerra comercial impulsada por el expresidente Donald Trump, que impuso aranceles del 145 % a productos chinos, China respondió con tarifas del 125 %. Esta confrontación ha impactado más a EE. UU., que depende de importaciones chinas como maquinaria, mobiliario y tecnología, las cuales representaron un 11 % de sus compras externas en 2024.

Como respuesta, el 28 de marzo, el presidente Xi Jinping encabezó una cumbre empresarial global en el Gran Palacio del Pueblo en Pekín, reconociendo el papel de la comunidad empresarial en el crecimiento económico acelerado y la estabilidad social del país durante las últimas cuatro décadas bajo el modelo de apertura y reforma.

Durante una reciente reunión entre China y EE. UU. en Suiza, a mediados de mayo, ambas naciones acordaron reducir los aranceles adicionales impuestos el 2 de abril de 2025, estableciendo un nuevo arancel del 10 %.

Cabe destacar que China, con una tenencia de $749 mil millones en bonos del Tesoro estadounidense, es el segundo mayor acreedor externo de EE. UU. después de Japón. Esto la convierte en un actor clave para la economía estadounidense, y todo parece indicar que incluso la administración Trump ha comprendido los riesgos de aplicar tarifas punitivas extremas.

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