La sociología de las sensaciones (1)

René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)

Sociólogo y Escritor (UES-ULS)

Uno de los aspectos que la sociología debería estudiar son las metáforas que usa la vida para definirse a sí misma y para sentirse tal cual es. Así como el sudor es la metáfora del trabajo asalariado, la piel es una de las metáforas del cuerpo -tan elocuente como los ojos, los oídos, la nariz y la lengua-, y el cuerpo, a su vez, es el grial de la conciencia social. A flor de piel; salvar el pellejo; ojos que no ven, corazón que no siente (premisa de la victimización o la impunidad); tener buen olfato, son metáforas que nos invitan a develar su simbolismo para darle sentido a la verdad pragmática de la gente. Por esa razón, no es absurdo abogar por una sociología de las sensaciones a partir de los órganos que éstas usan para sentir la realidad en su dilema oprimido-opresor. Y es que, como metáforas subyacentes, se pueden usar las sensaciones para analizar los hechos sociológicos.

Todos, salvo raras excepciones, conocemos la aspereza, la tersura, el calor, el frío -del mundo y las personas-, y también el miedo, a través de la piel como sinécdoque del tacto e instrumento de control de las relaciones sociales de carne y hueso, pues es la frontera de la percepción que nos indica si debemos alejarnos (para proteger el espacio privado o para salvaguardar la seguridad), o acercarnos más íntimamente, para culminar algún roce indecible o indebido. Lo anterior me lleva a afirmar que, sociológicamente, todo el cuerpo piensa, que las sensaciones son una novela en busca de autor, ya que somos un cuerpo-sentimientos que, por ser una totalidad orgánica, garantiza su supervivencia haciendo uso de todo lo que dispone.

En esa lógica, la piel, la nariz, los ojos, la lengua y los oídos analizan, jerarquizan y comprenden la realidad que la rodea -con sus códigos, límites y especificidades-, y es la comprensión holística de la realidad lo que construye la conciencia social que simboliza lo subjetivo que se objetiva al modificar el comportamiento. De lo anterior se infiere que la conciencia se toca y nos toca, pues surge del acto de oler, saborear, oír, mirar y tocar la realidad (acariciándola o golpeándola) decodificando la sensorialidad de las condiciones de vida.

Los salvadoreños conocimos el peligro a través de la piel fría de nuestros muertos, y ese peligro tenía la textura de una lápida; los salvadoreños conocimos el miedo y la impotencia en la piel de gallina al transitar por un lugar controlado por las pandillas; los salvadoreños conocimos qué significa ser víctima, cuando vimos la angustia acostada en una cama vacía; los salvadoreños comprendimos la democracia del victimario, en el sabor a cementerio del café de la funeraria; los salvadoreños conocimos el dolor en el ruido de la bala que se refugió en nuestra espalda; los salvadoreños comprendimos el alcance de la traición, en el olor a ciprés de los sofismas de los palabreros eruditos; los salvadoreños conocimos el abandono, en la mirada triste que se fue huyendo hacia el norte; los salvadoreños conocimos la “democracia perfecta de los opositores” a través de los gritos mortales de un microbús en llamas; los salvadoreños conocimos la injusticia, en el paradójico sabor de las pupusas extorsionadas.

Y es que, como ser social, somos producto del largo recorrido de nuestros sentidos por el planeta, somos la construcción racional-cultural que convierte en sensaciones la realidad, para hacerla terrenal, pues la oímos, la olemos, la tocamos, la degustamos y la vemos cuando nos hiere, nos acaricia o nos acecha. Las sensaciones son las que nos facultan para sentir y presentir el dolor y el placer como hechos sociológicos, más que biológicos; nos permiten sentir y que nos sientan, lo que es elemental en la interacción social y la solidaridad mecánica. La realidad es, al final, un cúmulo de sensaciones tangibles: al acariciar o golpear como táctica de sobrevivencia, para que la pobreza no huela a golpes de pecho; en el hogar y en las calles, donde los rozamientos son inevitables y el asco instintivo; en la cama y en los buses, en los que el sexo se reinventa a sí mismo e inventa lo que sentimos y lo que no debemos sentir; en los actos públicos en los que discursos se avalan con la piel erizada o se rechazan poniendo oídos sordos. Y en el momento de adquirir conciencia de la realidad que vivíamos (sentíamos a flor de piel) hace unos años, surgió el significado de las condiciones de vida que se reflejaban en la piel marchita de los dolientes, y en el ruido sordo del aire de los ventiladores de la morgue, y en el olor a flor de izote de los ojos que se despedían de su ombligo.

Usar las sensaciones para tocar el mundo y que el mundo nos toque, es también una cuestión política que los salvadoreños olfateamos de lejos. En 2019, la dureza, el frío, el dolor, el sabor amargo, los murmullos del crimen, las arrugas -visibles y tangibles en la piel desamparada y los ojos vacíos- provocadas por vivir en el país más peligroso del mundo, llevó al salvadoreño a una sublevación en las urnas que le puso fin, con una sola mordida, al bipartidismo de facto. Considero que es crucial que la sociología analice las sensaciones como instrumentos de la conciencia, sobre todo en este tiempo de lo digital que amenaza con desechar: los rozamientos directos, las miradas que sacan chispas al chocar las pestañas, y el sabor a panela del imaginario popular, lo cual hace que la socialización sea, más que nunca, un hecho sociológico de las presencias que está en peligro de extinción.

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