Los paradigmas se rompen en los márgenes: a propósito de Nayib

René Martínez Pineda -@ReneMartinezPi1-

Sociólogo y Escritor (-UES-ULS)

El Salvador, un país fascinante en el que los garrobos pueden volar, y la flor de izote recita poemas de amor, refugio de paradojas de barro, de mitos indecibles y de alquimistas que hicieron, del dolor cotidiano, una sonrisa de panela que esperaba el momento oportuno, y al líder adecuado, para romperlo todo, en dos mil diecinueve pedazos, y volverlo a armar, ladrillo a ladrillo, en algo radicalmente distinto. La frase, “los paradigmas se rompen en los márgenes”, intratable para quienes no comprenden a Thomas Khun, ni han visto, con sus propios ojos, la transformación de un país, tiene un significado tan simple como complejo. La frase hace referencia a que, las grandes innovaciones -en cualquier ámbito del mundo sociocultural y científico- y los cambios radicales -ruptura de un estilo de vida bajo un paradigma dominante- no suelen surgir dentro del paradigma (un paradigma no se rompe ni se niega a sí mismo), sino de las ideas audaces que nacen en sus márgenes, propiciando resultados inesperados y asombrosos que no pueden ser explicados por aquel, y eso genera las llamadas anomalías paradigmáticas.

Tales ideas marginales y visionarias -gestadas por el sentido común devenido en extraordinario, o por necesidades elementales- son llevadas a la práctica por quienes, reconociendo el estancamiento del paradigma dominante, cuestionan “lo normal” y lo impuesto como verdad absoluta e inerte, y partiendo de la pre-verdad que pulula en las ideas innovadoras y en las personas, se adentran en lo no permitido, y tienen el valor suficiente de llevar a cabo esas ideas, enfrentándose a las normas aceptadas como pétreas. Entrar en lo no permitido, es entrar en la dimensión desconocida del nuevo paradigma. Eso hizo Nayib Bukele cuando, desde los márgenes de un pueblo sufrido, sangrado y extorsionado por más de tres décadas, enfrentó al bipartidismo de facto y a la violencia social que, como mala adaptación cultural, operaba bajo el viejo paradigma de la política entendida como una extensión de la corrupción y la traición.

Ciertamente, Nayib Bukele encontró las soluciones disruptivas que -haciendo de la cultura un hecho político, y de la política un hecho cultural- fueron consolidándose, poco a poco, hasta ser una nueva forma de abordar la realidad (la epistemología de los ausentes e invisibilizados, y la narrativa de las víctimas), y una nueva visión de las personas como constructoras y portadoras preeminentes de la historia, no como sufridoras de la misma, y eso implicó, en menos de cinco años, un cambio radical, pues esas personas hicieron de la democracia electoral (que las trataba como simples votantes sin rostro ni nombre) una democracia ciudadana que las reivindica y las trata como la conciencia y corazón del país, tanto en las urnas como en la vida diaria, tanto dentro del país como fuera de él, tanto en lo tangible como lo intangible.

Para comprender la magnitud de la envidiable hazaña en la que se ha convertido nuestro país, hay que hacer hincapié en que: los paradigmas se rompen en los márgenes cuando las ideas surgen en el borde de los hechos, en cuyo seno las ideas revolucionarias no tienen trabas ni limitaciones autoimpuestas para desplegarse en todas sus dimensiones, y en ese borde (que es el auténtico purgatorio de las transformaciones), los científicos, los escritores, los humanistas y los innovadores por vocación, luchan contra lo que ha sido normalizado como algo inamovible y sagrado, enfrentándose a la incredulidad y al rechazo instintivo de los reaccionarios de oficio para su propio beneficio. Por ejemplo, si queremos romper los viejos paradigmas de la sociología, hay que leer las ideas audaces de otros ámbitos teóricos (física teórica, literatura, geografía, etc.) pues ahí están, sentadas en la sala de espera de la historia, las ideas que romperán lo dado, esa misma sala en la que la idea de construir un aparato volador, que transportara hombres y mercaderías, esperó a los hermanos Wright.  

Sin duda, la negación de un paradigma nace fuera de él, debido a que el paradigma no se destruye a sí mismo, ni puede ver los datos que lo cuestionan o lo debilitan, sino que, simplemente, se desvanece. El FMLN, pongamos por caso, no se acabó políticamente porque, con prepotencia y dolo, expulsaron a Nayib de sus filas, ni él fue el germen interno que, imitando al caballo de Troya, lo destruyó. Pensar así, sería tener una concepción simplista, lineal y mecanicista de cómo nacen, crecen y mueren los paradigmas. No, Nayib Bukele, tuvo que pararse en el margen para impulsar un nuevo paradigma de hacer política y, con ello, propuso-usó nuevos e insospechados criterios del liderazgo político, para que el viejo paradigma de la política iniciara su proceso de extinción, con lo cual entramos, de forma tardía, al siglo XXI.

Desafiar el sentido común para que se convierta en sentido extraordinario, y poner de pie lo que se da por sentado, es el inicio de la ruptura de un paradigma, porque al hacerlo colapsan los patrones explicativos y comprensivos que antes eran útiles para dominar el universo. Nayib, como singularidad sociológica -otra forma de decir que es un rompedor de paradigmas- fue rechazado, de inmediato, por los gestores y beneficiarios del viejo y oscuro paradigma, y sus planteamientos fueron tergiversados, uno a uno, por los caballeros templarios del pasado.

Sin embargo, fue el tiempo, fueron los salvadoreños, y fueron los pueblos de otros países, los que terminaron dándole validez al nuevo paradigma y, con ello, se ha ido convirtiendo en un nuevo modelo social que transforma la política y la forma de hacer política. La ruptura de un paradigma lleva, inexorablemente, a que todos empiecen de cero, a que todos tengan que volver a aprender a leer y escribir, ya que la ruptura obliga, más que a desaprender, a redactar un nuevo conocimiento, un nuevo diccionario, colocando en un archivo las verdades que, antes de que una anomalía se tradujera en crisis, se presentaban como absolutas. En nuestro caso, la anomalía fue la sociedad de violencia, y la singularidad sociológica que, desde los márgenes, instauró un nuevo paradigma, fue Nayib Bukele.

Con Khun, aprendimos que no hay problemas que no tengan solución, sino que hay personas que, por usar un paradigma inadecuado, no los pueden resolver, y eso nos remite a los otros, los extraños, los marginales, los singulares que, rompiendo paradigmas, sí pueden resolverlos. En síntesis, la frase hace énfasis en que la transformación -de cualquier cosa- surge en los márgenes y de la irreverencia, no en el centro del laberinto del paradigma viejo, pues ese centro no sólo es la esencia de aquel, sino también el ejército de afirmaciones y bloqueos que quieren mantenerlo intacto.

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