René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)
Sociólogo y Escritor (UES)
Hay ocasiones, y no pocas, en las que una premisa es, en realidad, un efecto. En el caso de la Universidad de El Salvador (en medio de una guerra de posiciones entre la burocracia y la Academia, la que en los últimos diez años ha sido ganada por la primera), la precarización del profesor universitario es constitutiva de la subsunción formal y real del trabajo al capital, el que hace uso de la burocracia para garantizar obediencia administrativa y apatía espiritual frente a las medidas neoliberales que, impunemente, están afectando a la educación como hecho social y político. Sin embargo, en la universidad pública lo anterior es una paradoja inicua.
De la noche a la mañana, la precarización del profesor se convirtió en un hecho más sociológico que educativo, desde que las máximas autoridades (lo de “máximas” se refiere a lo burocrático, no a lo académico) decidieron pasar por la guillotina del reloj biométrico a los profesores, amputándole las manos a la educación y dándole vida a la lógica oprimido-opresor, en el supuesto de que, el uno convertido en el otro cuando accede a un cargo, no piensa dejarlo jamás (van saltando de cargo en cargo), y por eso no tiene ningún problema en oprimir.
La precarización del profesor hace, de la educación universitaria, algo líquido que corre, a sus anchas, por las oficinas de la universidad de encierro, arrasando la estabilidad emocional y simbólica e invisibilizando -sumergiendo- a los sujetos que la ejecutan. Lo líquido, se traduce en volatilidad productiva, atropello espiritual e irrelevancia sociocultural, cuya intención es que el maestro copie el conocimiento que otros copiaron, para que lo recite de memoria, ya que no se puede aspirar a más desde un escritorio. En ese sentido, la precariedad es objetiva y subjetiva, pues implica el “estar en” y “sentir la” depredación de su empleo y su trabajo. En lo que atañe a la educación superior, vemos una universidad pública que enarbola, en su práctica, el híbrido “fordismo-taylorismo académico” (lo educativo como acto medido, repetitivo y enclaustrado que estandariza lo heterogéneo), y que, en su retórica, denuncia la injusticia social, conmemora la defensa de la autonomía y celebra el día del maestro, a quien quiere tener como rehén del reloj.
En ese contexto paradójico, la universidad de encierro pervierte el alma de la educación y precariza las condiciones, objetivas y subjetivas, de los profesores, al querer contabilizar -con horarios fijos, fijados por un burócrata- los productos de su trabajo, entrando de lleno en el capitalismo académico vigesímico (fordismo-taylorismo que no da cuenta de lo simbólico) que usa instrumentos del capitalismo digital: el reloj biométrico que sólo sirve para medir el sedentarismo académico (horas nalga).
Si bien la precarización de los profesores tiene múltiples indicadores (tangibles e intangibles), el más apremiante es el deterioro salarial. Tanto en lo público como en lo privado, los profesores son asalariados que perciben un pago mensual por el ejercicio de su trabajo en la universidad, lo cual deja por fuera lo que se hace para ella fuera de sus fronteras. Dentro y fuera, son dos dimensiones que obligan a preguntarse: ¿cuál es la composición orgánica del salario del profesor universitario en términos de trabajo burocrático y trabajo real? ¿qué se paga, qué se premia, qué se invisibiliza, qué se menosprecia y qué se castiga en su salario? ¿cómo se pondera o reconoce, en el salario del profesor, la jornada formal y la jornada real? ¿el salario del profesor universitario reconoce los recursos propios que éste utiliza para llevar a cabo algunas de sus funciones, tales como investigación, asesorías y proyección social?
En todo caso, salario y jornada laboral (la jornada formal más la jornada real) no son una ecuación resuelta en la universidad pública -mucho menos en las privadas-, sino que son un agujero negro en el que desaparece el tiempo de trabajo real, con lo cual la universidad pública adquiere una etiqueta distintiva: universidad extractivista o expropiadora (le roba el tiempo al profesor, de la misma forma en que el empresario le roba el tiempo de trabajo excedente al trabajador para hacer crecer la plusvalía). En otras palabras ¿qué es lo que le pagan y qué no a los profesores universitarios? ¿qué hace visible la burocracia y qué invisibiliza la universidad extractivista? Es un hecho que las horas de la jornada laboral formal y las horas de la jornada laboral real (en el caso del profesor universitario de la UES) no se completan entre sí hasta sumar 40, sino que se suman y el resultado siempre es mayor a 40, aunque no se les paga el excedente.
A lo largo de su historia, la universidad pública ha sido conocida por pequeñas frases que la definen o la desnudan (conciencia crítica de la nación, hacia la libertad por la cultura), y en esta coyuntura de precarización del profesor, las frases que vienen a la mente son: universidad de encierro, sedentarismo académico, fordismo-taylorismo académico, maquila erudita, universidad de la burocracia. Y es que, en la educación universitaria, el espacio y el tiempo son territorios sin fronteras entre sí, y eso convierte a aquella en una territorialidad en la que se mueven los profesores, y, en el ir y venir, forman una singularidad en el sentido de ser la dimensión cuántica de la práctica socioeducativa. En el concepto “espacio”, entran los recursos e infraestructura, material e inmaterial, en la que se ejerce la labor docente bajo una dinámica que no es cronológica, sino un constructo sociocultural mediado por relaciones de poder (poder académico y poder administrativo). En la Universidad de El Salvador, es evidente que el poder dominante es el administrativo, y que los promotores-ejecutores de la sumisión académica son las autoridades que, sin parpadear, encarnan la dinámica oprimido-opresor que privilegia lo estético, formal y escolástico. Así, el espacio de encierro, cuando se junta con el tiempo ajeno bajo control (el de los profesores), se constituye en una narrativa (la de los victimarios) que refleja, pregona y justifica a la epistemología de las ausencias y, de paso, glorifica el crecimiento, mejora y bautizo de la infraestructura administrativa.
Finalmente, por más que usen a la Corte de Cuentas como coartada -para lavarse las manos y dar un beso en la mejilla- es indudable que quienes precarizan al profesor universitario y depredan la educación, son sus autoridades, es decir, los profesores que ostentan un cargo al que accedieron, según consta en su actuar, sólo por el jugoso sobresueldo.

