La denominada Ruta del Este, que conecta el Cuerno de África con la península Arábiga, se ha consolidado como uno de los corredores migratorios más peligrosos y letales del mundo. En las áridas llanuras de Yibuti, miles de migrantes, principalmente procedentes de Etiopía, enfrentan condiciones infrahumanas con temperaturas que alcanzan los 45°C y violentas ráfagas de arena que provocan desorientación y muerte. La mística de supervivencia empuja a estos hombres y mujeres a caminar cientos de kilómetros huyendo de conflictos armados y una pobreza extrema que afecta al 40% de su población de origen.
El trayecto marítimo hacia Yemen es igualmente devastador, con embarcaciones sobrecargadas que frecuentemente naufragan ante el embate de tormentas en el mar Rojo. Según datos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), el año 2025 marcó un hito trágico con más de 900 personas fallecidas o desaparecidas en esta zona. Los sobrevivientes relatan escenas desgarradoras de amigos y familiares hundiéndose en el mar, mientras quienes logran regresar a tierra firme lo hacen demacrados, con los pies hinchados y tras haber pasado días sin probar alimento ni agua.
En las playas de Yibuti, como Gehere, el paisaje está marcado por montículos de piedras que ocultan fosas comunes con cientos de cuerpos recuperados del desierto y el mar. Responsables de la OIM en la localidad de Obock detallan que han hallado fosas con grupos de hasta 50 personas, evidenciando la magnitud de una crisis humanitaria que no da tregua. Durante la temporada de mayor calor, se recuperan aproximadamente veinte cadáveres al mes, pertenecientes a migrantes que se perdieron en la inmensidad arenosa o que, en casos extremos, se quitaron la vida por la desesperación.
A pesar de los riesgos de detención en Yemen y los abusos físicos de los traficantes, el flujo migratorio persiste con la esperanza de alcanzar empleos como obreros o empleados domésticos en Arabia Saudita. Las mujeres son particularmente vulnerables, siendo muchas veces golpeadas y abandonadas en el desierto cuando sus fuerzas fallan durante las marchas forzadas. Para jóvenes como Muiaz Abaroge, de apenas 19 años, el miedo a la ruta es superado por la falta de opciones en su tierra natal, manteniendo viva una crisis que sigue cobrando vidas en el silencio del desierto.

