La metafísica de los maullidos (1)

René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)

Sociólogo y Escritor (UES-ULS)

Después de ver Odiseo, conteniendo tres horas la respiración, comprendí que regresar a casa, después de participar en una guerra civil atroz, es regresar a lo que fui antes de convertirme en los monstruos en los que me convertí para poder vencerlos. Y es que lo difícil no es vencer a los monstruos de la guerra, de la política o de la cultura, convirtiéndose en ellos el tiempo necesario, lo difícil es dejar de serlo para poder regresar a casa, sano y limpio, pues esa es la condición indefectible para hallar el camino. Lamerse el cuerpo, para borrar el olor de Cerbero; amputarle las manos a Hermes; circuncidarle el cerebro a Dolos; extraerle los colmillos a Polifemo; cortarle las cabezas a la Hidra de Lerna; vaciarle el ojo al Cíclope; degollar a las sirenas de pulcros sofismas, para que su canto no me haga confundir el rumbo ni pervierta mis valores.

Luchar cuerpo a cuerpo con Campé, en el inframundo del pecho, para ganarme el derecho de regresar a casa, es el viaje más largo, el más duro, el más sanguinario de todos los viajes que he hecho. Sí, ese es el viaje más largo y duro -a Odiseo le tomó diez años, yo ya llevo más de treinta al frente de la bitácora-, por eso muy pocos logran atracar en el puerto más seguro del mundo: la casa propia, ese lugar que me abrazó cuando tenía el alma intacta como el de la gatita que, ronroneando, me sigue esperando en la puerta, con la misma fidelidad con que lo hizo aquellos años en los que yo, con los pies en ascuas, regresaba de navegar en el mar tenebroso de las calles asediadas por la Medusa de la delincuencia y las risotadas tétricas de las cuatro hienas del apocalipsis.

Durante los años de exilio en mi propia tierra -porque eso era la clandestinidad: un exilio sin cruzar fronteras- deambulé por hoteluchos de paso (como el célebre Oso y la mítica pensión Central), con la foto de mi familia que me libraba del mal de los vivos y de los muertos. En sus camas, olorosas a miedo y pecados inconfesos, pensaba en el viaje que estaba haciendo en busca del nuevo continente de la utopía social, la que era custodiada por un remolino de dudas, traiciones intangibles, monstruos insaciables, círculos del infierno, caballos de Troya sifilíticos y… y entonces los gritos desaforados del placer carnal impropio, que emergían del cuarto contiguo, me sacaban de la reflexión y tenía que empezar de cero, una y otra vez.   

Las primeras noches en esos lugares -mis preferidos, debido a que no me pedían un documento de identidad que jurara que yo, era yo y nadie más que yo- me dediqué a buscar lo malo del lugar: la fetidez del piso, mal trapeado con Pine-sol y creolina; las cucarachas cuchicheando bajo el colchón de los lamentos; la ruidosa tosferina del ventilador de techo, un Hitachi blanco de tres aspas con osteomalacia irreversible; el tintineo mordaz del huacal de aluminio en el que, en cuclillas, se lavaban los pecados lácteos, separando lo contingente de lo esencial; las tres ratas gordas del patio de los condenados, conspirando en voz baja. Mi abuela resintió muchísimo que yo fuera un desagradecido con el cuarto que cuidaba mi sueño, y dejó de hablarme, toda una semana, cuando oyó que dije que ese era un lugar de mierda no apto para seres humanos. Lo que ella no sabía es que, detrás de la fuerte interjección, había un mundo de amor inexplicable y sincero.

No obstante estar dentro del país, me siento muy lejos de él, me siento como un extranjero sin pasaporte vigente. Esa es una paradoja que no admite treguas hipócritas ni indultos temporales. El recuerdo minucioso de cosas sencillas y voces tiernas me da respiración boca a boca, y me arranca diminutas sonrisas que me piden que busque mi Polaris para hacer breve el retorno: los ojos de mis hijos; el olor dulcito de mi esposa, que cada día es más horizonte; un café negro en La Bella Nápoles para revivir el placer de meter la malagueña en él; la gatita que me roba el corazón con sus maullidos y sus roces; una caminata al mercado San Miguelito para regatear retazos de cultura con dulce de panela; una charla sin tiempo, en el jardín, sobre la bondad del limonero y del arrayán que imperan en él; algunos días, cuando el silencio tiene el control remoto del televisor, recordar cómo la pandemia nos hizo más entrañables con los espantos de la calle; ir al cine, el domingo, y tener una buena excusa para estar juntitos, en lo oscuro, compartiendo unas palomitas de maíz e imaginar que estamos en un teatro de Buenos Aires.

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