Desde hace veinte años, la esencia de las conversaciones futboleras no es quién será el campeón, eso es volátil. La esencia de ese tipo de conversaciones en los espacios públicos son los goles imposibles, las asistencias indecibles y las gambetas irreales que hace Messi, con una naturalidad fuera de este mundo… y del otro. Y es que, Messi (el unicornio albiceleste), se convirtió en una estrella que le regala su luz a los que lo rodean; se erigió, bajo una lluvia de patadas sin tarjeta roja, en una singularidad del fútbol, en una particularidad sociológica de las estadísticas, pues le prestó su nombre y rostro a ese deporte para que se explique y se desarrolle a sí mismo, como si fuera un ritual mágico-religioso de García Márquez en complot con las insolencias de Mafalda y Cortázar que aseguran que las Malvinas son argentinas.
A pesar de la mercantilización galopante (televisoras, aplicaciones, marcas de ropa y de tacos, bebidas, etc.) a la que ha sido sometido “el deporte más lindo del mundo” (privatizando los eventos más importantes, como el mundial), éste se ha resistido a dejar de ser propiedad e imaginario de las grandes mayorías populares, hábitus natural del que han surgido los mejores jugadores del mundo, y por esa razón la hinchada ha sabido nacionalizar (hacer popular, y hacer suyo y solo suyo) lo que el capital ha hecho para convertir a los jugadores en “pie de obra barata” que genera multimillonarias ganancias, aunque no las suficientes como para borrar de la memoria que las Malvinas son argentinas y que Messi es su más metáfora más letal e indescifrable.
En un tiempo gelatinoso -sociedad líquida, le llaman los que no saben nada de lo mundano- en el que la hidratación no es una necesidad biológica, sino mercantil; en el que importa más la celebración del gol, que el gol mismo, el mundial de fútbol sigue siendo una vocinglera máquina del tiempo –res artificiosa peculiaris– que nos regresa el instinto originario de sobrevivencia colectiva que nos invita a abrazarnos, a defendernos, a compartir el corazón en la cancha en la que el ritual de iniciación es un gol en el último minuto; y en el que todos deseamos que el cronómetro no cuente los minutos en el cuerpo de Messi, para que nunca llegue su último partido, ni sus últimos regates exitosos, el fútbol siempre se las arregla para no dejar de ser la alegría mágica de los pueblos que, mientras hacen la ola, no olvidan que las Malvinas son argentinas.
Desde la perspectiva sociológica, el fútbol no es un simple deporte, es un sentimiento y un comportamiento colectivo -sui géneris- que el embrujo individual de Messi embruja más en el ideario de los que no hemos olvidado cómo construir máquinas de hacer pájaros. Durkheim lo intuyó, en una misa dominical, sin haber visto ni un partido, ni haber gritado un gol. Así, el fútbol es una religión sin ateos ni curas insípidos; es un dogma más indestructible que la nacionalidad; es un ritual sagrado sin herejes ni traidores; es un hecho sociológico, en tanto es una guerra de posiciones gramsciana en la que el individuo que mira, y el que es mirado, son una misma conciencia sincronizada de entrega incondicional para defender el orgullo y la dignidad de millones, trastocando las leyes de la física teórica en los goles olímpicos. En un partido de fútbol, la camiseta la sudan, por igual, los jugadores y los aficionados; los tiros libres de Messi tienen como brújula el amor que baja de los graderíos, traspasa las pantallas de televisión, desbarata las ideologías y le da una tregua a la desigualdad social.
Cuando eso sucede, el “yo” es “nosotros” durante noventa minutos, y la línea final que separa la cancha de los graderíos desaparece en saque de banda. La personalidad individual se hace gaseosa en la personalidad social que vibra al unísono sin haber leído a Durkheim ni a Marx. Y es que el fútbol -a sol y sombra, dijo Galeano- es la comunión de lo sagrado con lo profano, es la energía simultánea que se transforma en materia sin anti-materia, ya que son una anomalía de otro mundo que no se destruye, sino que se cohesiona en algo más grande e intenso que hace posible que las Malvinas, que son argentinas, sean más grandes que el continente en el que habitan cuando uno cierra los ojos.
El sociólogo que odia al fútbol, desde que la vida le hizo un túnel en el alma, y que además ignora que las Malvinas son argentinas, pregona que la modernización lleva a que la racionalidad le ponga fin a la ritualidad originaria del imaginario popular. Sin embargo, esa es una boludez, bobo, diría, Quino, a escondidas de Mafalda, que se hace más notoria cuando el balón se fusiona al pie izquierdo de Messi. Cada cuatro años, la tierra es plana, rectangular y engramada, y eso bota la pretensión modernista de la racionalidad por sí misma, porque el rito nos dice que las Malvinas son argentinas y que Messi es de todos.
Más allá de lo mercantil que fracasa, el mundial es una inenarrable liturgia pedestre que sincroniza los relojes, de todo el planeta, para que nadie se pierda la inevitable misa del gol que fortalece la solidaridad orgánica de la que habló Durkheim, debido a que el estadio -y la televisión- es una catedral en la que la fe es espontánea, los milagros son esféricos, el cuerpo de los jugadores es la sumatoria de millones, los himnos nacionales retumban a miles de kilómetros, el individuo es un ser colectivo que lo trasciende horizontalmente, los cánticos en las graderías son capaces de resucitar el marcador a favor a la tercera ola, la camiseta es un manto sagrado, el escudo es un símbolo de la memoria que trasciende su significante cuando nos grita que las Malvinas son argentinas, y la isla Conejo es de El Salvador.
En el mundial, la identidad social y la vida se fusionan en una selección, y esa es una muestra del agudo poder cultural, que dura noventa minutos en los que la fe no se pierde, porque eso sería como negar a Dios a la hora de morir. Estoy consciente de que el fútbol es una industria que privatizó la alegría; de que los intereses económicos resucitan el esclavismo cuando fichan jugadores; y de que lo geopolítico del colonialismo es parte del reglamento. Estoy consciente de todo eso y, sin embargo, sé que los aficionados son una fuerza demoledora imbatible que le da marcha atrás a todo eso, pues, como Circe, convierte el tiempo en un cangrejo para que desarmemos el laberinto de la soledad dentro de la cancha, cuyo centro tiene nombre propio: Messi, el intocable unicornio albiceleste que puede salir ileso después de denunciar que: “hay gente que la pasa mal, que no tiene trabajo, que no llega a fin de mes, que la vive peleando”.
Eso es el fútbol: vivir peleando toda la vida por el orgullo del país; y luchar porque el gol del triunfo persista hasta el silbatazo final.

