Rusia ejecutó una masiva ofensiva militar con el lanzamiento de 68 misiles y 351 drones que impactaron estructuras residenciales en Kiev, provocando la muerte de al menos 22 personas e hiriendo a decenas más. El devastador ataque nocturno, que destruyó bloques de apartamentos en la capital y en la vecina ciudad de Vyshneve, se suscita en la antesala de una cumbre clave de la OTAN programada para iniciar en Ankara, Turquía.
Ante el recrudecimiento de las hostilidades, el presidente ucraniano Volodimir Zelenski reaccionó de forma inmediata exigiendo a sus aliados occidentales la adopción de medidas determinantes para incrementar el suministro de escudos antiaéreos. El mandatario enfatizó la urgencia de recibir misiles interceptores adicionales para los sistemas Patriot de fabricación estadounidense, argumentando que los recursos actuales son insuficientes para detener los proyectiles balísticos rusos.
Por su parte, el Ministerio de Defensa de Rusia justificó la incursión armada catalogándola como un golpe de alta precisión dirigido hacia instalaciones energéticas y complejos industriales de carácter militar. No obstante, los testimonios civiles en distritos capitalinos como Pozniaki y Podilski describen escenas de pánico generalizado por las consecutivas detonaciones que arrasaron con los pisos inferiores de los inmuebles y destruyeron la infraestructura civil.
En una acción paralela, las fuerzas armadas de Ucrania reivindicaron un ataque con aeronaves no tripuladas contra una de las mayores refinerías rusas ubicada en Omsk, en la región de Siberia, a unos 2,500 kilómetros de la frontera. Mientras el conflicto alcanza niveles inéditos de alcance geográfico, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ratificó que la cumbre de la OTAN priorizará la entrega urgente de asistencia defensiva al gobierno ucraniano.

