En el cantón El Castaño, ubicado en el distrito de Caluco, Sonsonate, se vive un ambiente de paz después de casi nueve años desde aquel éxodo provocado por la pandilla 18. Los residentes aseguran que el plan de seguridad implementado por el presidente Nayib Bukele ha eliminado el miedo a una nueva ola de migración causada por las estructuras criminales.

En las calles de tierra de este tranquilo poblado, los habitantes caminan con calma y se animan a hablar frente a cámaras sobre la inseguridad que vivieron años atrás, y cómo el modelo de seguridad vigente desde 2019 les ha devuelto la tranquilidad, algo que antes parecía imposible debido al constante acecho de los pandilleros.
Desde la llegada del gobierno de Bukele, la vida diaria y escolar de muchas personas ya no está marcada por sobresaltos como cuando, en septiembre de 2016, tuvieron que abandonar sus hogares por el aumento de asesinatos y amenazas de pandillas.

«Ahora vivimos en paz, es un lugar tranquilo donde se puede trabajar con calma», afirmó Santiago Flores.
La calma en El Castaño solo se rompe por el ruido de los 113 niños que asisten a la escuela local, un contraste con 2016, cuando solo quedaban 8 estudiantes de una matrícula original de 108, según la exdirectora Dora Elena Rodríguez.
Rodríguez, con 17 años en la escuela, destaca que antes, al llegar la Policía, los niños lloraban, pero ahora los saludan con abrazos, mostrando el cambio positivo en la comunidad.
La maestra recuerda lo difícil que era trabajar en aquellos años, pues aunque los pandilleros no atacaban directamente a la escuela, el temor a tiroteos era constante, y a veces tenían que caminar entre grupos de pandilleros armados y tatuados.

El éxodo comenzó en septiembre de 2016, luego de que Marvin Arnoldo Valencia, alias «Chimbolo», líder de la 18, asesinara a su tío Francisco Zepeda Barrientos por negarse a colaborar con la pandilla.
Irma Barrientos, hermana de Francisco, relata que ella y su esposo huyeron por miedo y pasaron casi un mes refugiados en Caluco, donde no se sentían seguros, hasta que decidieron regresar.
Ella lamenta que en gobiernos anteriores, como los del FMLN, no se apostara por la seguridad de la gente, entregando más poder a las pandillas, y agradece la estrategia actual que desde marzo de 2022 combate directamente a las estructuras criminales, erradicando ese «mal» que causó tanto sufrimiento.
«Nos sentimos apoyados y ya podemos salir tranquilos, sin miedo a que esos pandilleros nos vuelvan a atemorizar», expresó Barrientos.
Por su parte, Juan José Zepeda, agricultor de 64 años, recuerda cómo junto a su familia tuvo que abandonar sus tierras para salvar su vida, dejando animales y cultivos atrás.
Aunque no recibieron amenazas directas, el éxodo masivo de vecinos los obligó a huir, pero después de unos días, la calma volvió y pudieron regresar.
Hoy, agradece vivir en un lugar donde ya no se escuchan amenazas y donde pueden caminar sin temor, algo impensable durante la época más dura del dominio pandillero.
Elsy Perdomo, quien también tuvo que salir en 2016, se siente feliz al escuchar de nuevo el bullicio de los niños en la escuela, una señal clara de que la violencia ya no afecta a las nuevas generaciones.
«Es una alegría ver a los niños jugar y reír, algo imposible hace ocho años cuando la comunidad quedó en silencio por el miedo», afirmó.
Después de tantos años, las risas y juegos en los pasillos escolares reflejan una nueva etapa para El Castaño, donde la angustia y el temor por sobrevivir a la violencia pandillera, que obligó a 85 familias a abandonar sus hogares en 2016, han quedado atrás.
Lea también:

