René Martínez Pineda

Sociólogo y Escritor (UES-ULS)

Los que, desde 2021, han sido relegados al patético, estítico e irrelevante papel de opositores, tienen los días y los votos contados. Así de lapidario es, no importa lo que digan o hagan sus testaferros de la cuma y la sopa, los que, debajo de la mesa, reciben el dinero maldito de la oligarquía retrógrada que, añorando sus tiempos con aroma de café, se cree un faro de luz inagotable. Esa sentencia dictada -con dispensas de trámite- contra los líderes opositores, no es arbitraria ni malvada, pues ellos, cuando fueron gobierno, subyugaron, exprimieron, ningunearon y reprimieron al pueblo por casi dos siglos, siendo los más cruentos y despiadados los últimos treinta años en los que, con un acto de magia medieval, la oligarquía fue capaz de juntar en la misma cama -sin preservativos a la mano- a la izquierda con la derecha y, durante su salvaje y degenerado apareamiento, se dedicaron a succionar las instituciones del Estado tomándolas como si fueran “sus hijas de dominio”.

A pesar de todo eso, una cantidad importante del pueblo votaba por ellos y creía en sus promesas de una patria justa y segura, y eso era una paradoja de la congoja de la conciencia social muy parecida a la estupidez. Pero ¿cómo hicieron, los hoy opositores, para someter al pueblo en una suerte de ritual del miedo? En realidad, les fue muy fácil, porque tenían una experiencia bicentenaria en el arte de pervertir la Constitución y sacar -de sus artículos pétreos- la receta para robar y matar impunemente, la que hoy nos quieren vender como “receta de la nueva sopa de patas” como si se tratara de la fórmula de los alquimistas.

En estos días, por aquello de que no hay que permitir que el pasado vuelva a ser presente, la receta para intoxicar al pueblo usada en la Era de la Gran Delincuencia anda de boca en boca para que no se nos ocurra ingerirla de nuevo. En síntesis, la receta era bastante simple cuando se analiza desde las palabras del sentido común que nos habían impuesto para robarse los impuestos: Bastaba con arrejuntar, revolviéndolos bien, cientos de miles personas, o sea millones de libras de carne magra; se agregaban, desmenuzándolos bien, chorromil quintales de huesos enclenques pegados a la piel y, lo más importante de todo, mucha, mucha sangre, la cual servía mejor –o sea que producía más sabroso caldo- si había sido pacientemente extraída de los cuerpos-sentimientos a fuerza de hambrunas constantes y masacres cotidianas. Esas personas se lanzaban, como dados cargados por la casa de juegos, en un territorio expropiado -por la desigualdad social o por los delincuentes, daba igual, aunque no son lo mismo- y se les dejaba reposar por años, por décadas, hasta que la mezcla empezaba a pudrirse lentamente.

Luego, se agregaba un pellizco de mitos urbanos y supersticiones rurales cortadas en finas tiras; se les espolvoreaba hipocresía sexual y política en la cantidad necesaria –o sea mucha- y, finalmente, se añadía miedo al gusto. Todo se ponía a hervir (a fuego lento, para evitar que se derramara o que, despavorido, huyera el contenido, lo que podría haber provocado incendios electorales inoportunos) en una olla hecha con el barro del conformismo feroz, ese conformismo que era reproducido por los pastores y curas que vivían, a todo dar, con el diezmo que les sangraban a sus feligreses.

Cuando ya todo estaba cocinado, al dente, se obtenía un guiso al que se le llamaba, con cinismo, “ciudadano de la democracia perfecta”, “ciudadano del capirucho”. A ese tipo de ciudadano se le “domaba” (del verbo “embaucar”) porque era convertido en un ser ingenuo que lo soportaba todo sin decir ni pío: desde la promesa electoral de los corruptos y genocidas unidos bajo la misma bandera, hasta la amenaza fulminante de pestes inconstitucionales sin vacunas Al ciudadano “lo domaban” (del verbo “someter”, que es un derivado natural del verbo “oprimir”) cuando lo mantenían perpetuamente con la cabeza agachada, sufriendo viejas y nuevas formas de tortura y esclavitud. El ciudadano –como la sopa de patas más exótica- se podía servir en los más variados platos y en cualquier tiempo de comida, lo cual carecía de importancia porque, en definitiva, seguía siendo el mismo guiso, ya sea que el plato fuera de barro, de plástico, de morro o de tusa. Eso sí: debía servirse tibio, para que el ciudadano no tuviera la tentación carnal -e inmoral, decía Malthus- de romperle el himen a la injusticia del bipartidismo.

Lo que no se debía olvidar era inventarle atributos medicinales o cabalísticos al ciudadano, o sea al guiso, pues así resultaba más digerible, y quien dice digerible dice soportable. Al salvadoreño, verbigracia, se le colgaban medallas no ganadas: trabajador (de las maquilas oscurantistas); corajudo (sometido al “ver, oír y callar); cachimbón (sometido en las calles y en los periódicos); sensible (viendo mendigar a sus hijos, o viéndolos vivir con miedo, sin derramar una lágrima); alegre (que sólo era capaz de sonreír cuando estba a verga (palabra que no se puede usar en los periódicos) y, por eso, Roque dijo que es “el triste más triste del mundo” que pasa su vida “coyol quebrado coyol comido”; pacifista (que le llamaba “bandas de paz” a las bandas musicales del país más peligroso y malo del mundo.

Ya cuando el ciudadano era hecho guiso, o el guiso hecho ciudadano, se le mandaba a vivir en cajas habitacionales que se colgaban distintos nombres para hacerle creer que vivía en un mundo perfecto en el que, feliz, bailaba por un sueño, porque confundía la felicidad con el conformismo bestial. Pero todo se les acabó a los cocineros de la receta macabra el febrero en que, en un acto de rebelión electoral, el pueblo le dio vuelta a la olla para derramar, a plena luz de las urnas, toda la sopa y dejó a los cocineros jugando capirucho en la loma de la irrelevancia…

Related Post